Adolfo Sánchez Vázquez, Luchador imprescindible

Juan Gerardo Camargo Mejorada

Asesor de la Unidad UPN 094 D.F., Centro

Con la fortaleza de un joven y la experiencia de vivir la etapa franquista, Adolfo Sánchez Vázquez, profesor emérito de la Universidad Nacional Autónoma de México, cumple con la eterna cita de Bertold Brecht: «hay hombres que luchan un día y son buenos; hay otros que luchan muchos años, y son muy buenos; pero los que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles».

Recién galardonado por el gobierno del Distrito Federal como maestro distinguido, el profesor Sánchez Vázquez se consolida como un gran hombre, que a pesar de la caída del bloque socialista, conserva la esperanza de que la sociedad sea justa y equitativa.

Cuarenta y siete años como catedrático en la facultad de Filosofía y Letras hacen de este refugiado político de la Guerra Civil Española un icono de la fuerza izquierdista, comprometido con su gente, honesto y constante en sus principios.

La valiosa contribución que hace al pensamiento universal es incalculable. Su filosofía es una continuación de su compromiso personal tal como él mismo lo señala en su libro Filosofía y circunstancias, «...el filosofar se entreteje con la vida misma desde que, en ella y por ella, se pone al servicio de un proyecto de transformación de un mundo –como el actual– que por injusto no podemos ni debemos aceptar».

La vida del profesor Sánchez Vázquez es singular. Su infancia y parte de su juventud las vivió en una España fragmentada por la Guerra Civil. Dirigió un diario, Ahora, que publicaba un grupo de jóvenes socialistas y fue miembro del Quinto Cuerpo del Ejército que encabezaba el comandante Lister.

Sufrió persecución por sus ideas políticas, a pesar de que había iniciado una trayectoria literaria en el género de la lírica. Obligado a dejar su patria llegó a Francia, en donde recibió una invitación del entonces presidente de México, el general Lázaro Cárdenas, quien abrió las puertas a los luchadores republicanos de la golpeada España.

Fue en junio de 1939 cuando el novel Adolfo abordó el barco Sinaia junto con un grupo de intelectuales y trabajadores que lucharon por mantener la libertad y la dignidad de su pueblo. Su compañero de camarote, el poeta Pedro Garfias, escribió en la víspera  de su llegada al puerto de Veracruz unas significativas líneas que marcaron la vida de Adolfo:

Que hilo tan fino, que delgado junco

–de acero fiel– nos une y nos separa

con España presente en el recuerdo,

con México presente en la esperanza.

Y esas palabras, del revivir una esperanza revolucionaria, quedaron impresas en el espíritu del profesor emérito, quien abrazó su segunda vocación en los pasillos de la facultad de Filosofía.

En ese tiempo, la filosofía marxista era poco conocida. De hecho él fue responsable de su desarrollo en la UNAM. Descubre a otro joven, al Carlos Marx de los manuscritos exponiendo lo que ahora se llama realismo socialista, al tiempo que fundamenta una ética social y una filosofía de la praxis, recuperando el valor del humanismo.

Su obra se considera un ejemplo de apertura al diálogo, a la crítica y a la reflexión. Consciente de la desviación de los ideales socialistas, conserva su libertad de crítica frente a la doctrina, pero no deja de soñar en que los valores del ser humano están por encima de cualquier dogma.

Formador de cientos de estudiantes y profesionistas -entre los que se encuentran algunos asesores de esta unidad- Adolfo Sánchez Vázquez no abandona la idea de continuar en el seno de su querida universidad que lo acunó de manera inquebrantable. Es por eso que la cita de Bretch  le queda como anillo al dedo, pues a los que aún esperamos un cambio real, nos deja la esperanza de ver y vivir una nación justa.

A sus 85 años, Sánchez Vázquez no cesa de criticar los supuestos movimientos políticos y los escabrosos juegos de grupos de derecha, centro e izquierda. Sueña con esa utopía democrática que todavía no surge en México, más está ya en construcción con la llegada al poder de lo que se considera oposición.

Para Adolfo, su país lo empujó a una constante lucha social, aún permaneciendo en un campo de concentración sombrío. A pesar del peligro de caer en prisión fue capaz de soñar lo que en su momento era una utopía: la libertad.

Sencillo, en cuanto recuerda y agradece la hospitalidad solidaria de Don Lázaro Cárdenas. Es por eso que su preferencia por la oposición del PRD no es casual, ya que el pasado lo liga a un presente dispuesto a concretar sus sueños.

Esta condición de «soñar lo imposible»  lo ubica como un Quijote de este nuevo siglo. Como lo es el eterno personaje de Miguel de Cervantes, Sánchez Vázquez emerge de los escépticos y radicales para levantar su opinión, su creatividad y su reflexión.

Tal vez él no tenga un fiel escudero como Sancho, ni traiga en su alforja una pomada, no sepa curar entuertos físicos; pero de lo que sí estamos seguros es que su pensamiento, libre y crítico, cura mentes deformadas por una ideología equivocada.

Como el Quijote, enarbola su espada del conocimiento y su armadura humanista. Sus valores universales lo posicionan como un líder entre la gente mal llamada de izquierda. Su entusiasmo contagia a sus alumnos y, ¿por qué no?, difunde el virus de soñar con una sociedad mexicana realmente libre y democrática.

Su ejemplo es importante para todos los docentes del país. Su lucha debe compartirse con aquellos que trabajamos en las aulas, con los que formamos jóvenes profesores ávidos de respuestas, con los que todavía en nuestros días algunos todavía los consideran incapaces de razonar.

Sánchez Vázquez manifiesta un sentimiento optimista por los cambios que se han dado en México. Reconoce también, los espacios ganados por la supuesta izquierda, o lo que él llama un poder popular, el que aún contra la marea y desesperante laberinto urbano, se mantiene con honestidad, principios y compromisos morales, por los que fue elegido. Este pensamiento fue expresado por el Maestro al recibir el pergamino y la medalla de Maestro Distinguido de manos de Rosario Robles Berlanga, Jefa de Gobierno del Distrito Federal.

Ahora bien, es grato saber que el trabajo de una vida obtenga el reconocimiento público, pues en nuestro país se acostumbra señalar y difundir a la basura ideológica, y se olvidan que existen luchadores sociales imprescindibles que jamás quebrantan su deseo de forjar una nación realmente libre a través del pensamiento reflexivo.

¿Cuántos profesores que nos han formado han recibido un reconocimiento digno? ¿Cuántas ocasiones hemos regresado a la escuela o universidad a agradecer sus enseñanzas? ¿Cuándo nos convertiremos en una sola cadena que reprima la ignominia, la injusticia, la falsedad y la deshonestidad?

Profesores como Adolfo Sánchez Vázquez nos ofrecen una esperanza, igual a la que nuestro país le ofreció a él hace más de cincuenta años. Y su lucha persiste y quedará imborrable a través del tiempo, aún cuando su presencia física no exista. Permanecerá en las aulas su aura crítica y en las bibliotecas su obra.

Es en este punto cuando algunos nos sentimos impotentes al ver que los valores se desvanecen. Recibimos en las aulas a seres deformados con ideas distorsionadas, con un estilo de vida ajeno a la realidad del país. Sin embargo, debemos ser persistentes como Sánchez Vázquez, lograr que nuestros alumnos no olviden la importancia de los docentes.

Dignidad ante todas las cosas y el respeto a los principios personales es una enseñanza valiosa, enseñanza que en todo momento muestra este querido profesor emérito de la UNAM.

En situaciones difíciles, en momentos de aparente transición, podemos mantener la ecuanimidad y el compromiso que los profesores exhiben en las aulas. Nuestra educación siempre ha sido criticada y demeritada, por lo que es momento preciso para demostrar que en México este sector tiene en Sánchez Vázquez una presencia de gran
valor.

El Sinaia trajo consigo una luz de esperanza, un atisbo de libertad y democracia. Sánchez Vázquez es uno de los españoles y ahora mexicano que nos adoptó como patria; pero existen muchos hombres como José Gaos, Ramón Xirau, Isaac Costero o Pedro Bosch Gimpera, que en sus diferentes áreas han dejado un legado a México.

Marxista de corazón, Sánchez Vázquez reconoce que su obra rebasa el ámbito académico. Reconoce que en su vida existieron luces y sombras, errores y aciertos, esperanzas y frustraciones. Para él, enfrentarse a los dogmáticos y sectarios izquierdistas no ha sido fácil; sin embargo, su espíritu quijotesco le ayudó a vencer a esos molinos de viento como si destruyera gigantes sólo vistos en los sueños de un tal señor Quijano.

El conocer parte de una vida como ésta, nos pone a reflexionar, invita a la crítica personal. La senda marcada por Adolfo no es común, tiene la magia del sueño eterno de la libertad; mas queda decir, que esa senda todavía no tiene dueño: es más, no es una propiedad, es un todo con todos y para todos.

Y lo maravilloso de esto es que los mexicanos tenemos un ejemplo a seguir con Adolfo Sánchez Vázquez. El principio sustancial, que es el de los derechos humanos, está por encima de cualquier diferenciación, y la tolerancia debe leerse como la aceptación de la pluralidad. El dogma nos daña al igual que la derecha, que se asusta de los genocidas extranjeros y se congratula con pisotear los derechos de los indígenas chiapanecos.

Hay que erradicar el principio maquiavélico de el fin justifica los medios, eso no puede existir en una sociedad que busca la democracia y la libertad de pensamiento.

Creemos que es tiempo de descubrir los engaños de la derecha y adoptar lo más cristalino de las sociedades humanas: sus valores y principios.

Nuevamente México debe congratularse por contar en su seno con luchadores como Don Adolfo Sánchez Vázquez, mantener y proliferar los reconocimientos públicos para su persona, a fin de que los más de noventa millones de mexicanos encuentren o concreten, teniendo como brújula orientadora el pensamiento, la obra y la praxis del maestro, su sueño mejor.